11 de noviembre de 2013

Elena





La mexicana alegría: ¿para qué sufrir por separado
si nos podemos joder juntos?
Juan Villoro

 Por: Salvador Munguía


Forcejeamos unos cuantos segundos. La derribé después. En el suelo me abalancé sobre ella y le apreté con fuerza el cuello. Me arañó la cara. Le solté un par de puñetazos. Gritaba y me maldecía. Con las rodillas inmovilicé sus manos y volví a sujetarla con fuerza del cuello. Pataleó momentáneamente. Fue perdiendo el aliento. Los ojos se le pusieron en blanco. Su cuerpo, blando. Dejó de respirar. Después cogí las lleves del auto. Y me marché.



Manejé un par de horas sin rumbo fijo. Estaba anocheciendo. Me detuve en un pueblo. No sabía su nombre ni en qué parte se encontraba. Busqué la única gasolinera y llené el tanque. Compré unos cigarrillos y me volví a poner en marcha. Era una noche fresca, nublada, lluviosa a ratos. Conduje por un tramo lleno de curvas en ascenso. No reconocía nada. En el paisaje había muchos pinos, árboles grandes y robustos, imponentes precipicios. A lo lejos se veían casitas con rojizos tejados de madera. El cielo se iba despejando cuesta arriba. Bajé los vidrios del auto, olía a pinos, a encinos, a madroños, a cipreses, a tierra mojada. Disminuí la velocidad. No muy lejos se oía el descenso suave de un riachuelo. Me orillé y bajé del auto. Chispeaba. Desde lo alto de la colina el viento soplaba fuerte. Era un paisaje de fines de mediados de otoño, las hojas estaban teñidas por el dorado y el pálido color que producen las hierbas secas a punto de morir. Inevitablemente, pensé en el bello rostro de Elena. A ella le hubiera encantado estar aquí. También tuve ráfagas de lo que había sucedido apenas unas horas antes: era el rostro inerte de Elena. Me invadió un pánico terrible. Era un pánico que comprimía todo mi pecho, incluido el corazón que me palpitaba apenas, tenía dificultad al respirar, sudaba a chorro, sentía mareos. Aun me dolía la cabeza del jarrón que Elena me había estrellado en la nuca. Me recargué en el cofre del auto y respiré hondo. Enseguida comencé a devolver. Un minuto después, me senté en el asiento del auto y cerré los ojos. Y comencé a llorar.

Sin duda, la echaría de menos. Me pregunté qué sería lo que más extrañaría de aquella mujer. Encendí un cigarrillo, el quinto de la noche.


Lo primero que se me vino a la mente fueron sus nalgas. Tenía un culo soberano. Sus nalgas eran lisas, suaves, grandes; su culo, redondo, grueso, limpio, listo. Un culo que sin duda había nacido del fuego de Cristo. Fue su culo cubierto por una falda corta y negra lo primero que vi, esnifaba coca en un rincón, de espaldas a todos. Había pasado casi año y medio de aquella fiesta en donde la conocí.


 —Hola, perdón por mi atrevimiento, pero qué bonitas nalgas tienes –le dije mientras le ofrecía un trago.

 —Lástima que no sean tuyas –me contestó con una bella sonrisa y con la mueca que  hacen todos después de haber consumido coca. Aquella noche terminamos follando en un baño. Ella se corrió rápido. Yo no pude, estaba muy borracho. Y fue así como una noche cualquiera, dos fugitivos se encuentran en el vasto, inseguro y violento universo.

Algunos meses después, me fui a vivir a su casa.


Me subí al auto, encendí otro cigarrillo, el sexto de la noche. Eché a andar el auto y avancé despacio, otra vez sin rumbo fijo. Recordé que había pasado casi un día sin comer. Me invadió mucha sed y hambre. Se me antojaron en ese momento los huevos rancheros que Elena preparaba todos los sábados. Era una costumbre sabatina, despertábamos aun borrachos y Elena tenía la fuerza para levantarse, partir naranjas, exprimirlas, hacer el jugo, coser tres chiles, un jitomate y una cebolla para la salsa. Hacía unos huevos estrellados que rayaban en la perfección. Su técnica era casi artesanal. Quebraba los huevos con una sola mano, después arrojaba los huevos delicadamente e iba moviendo el sartén de manera circular, los bordes nunca iban fritos y la yema era líquida y jugosa, al final les ponía una pisca de sal y pimienta. Eran exquisitos.


Manejar de noche me relajaba. Había dejado de llover. Me di cuenta que mis manos, sujetas al volante, tenían restos de sangre seca. Hasta ese momento me di cuenta que también tenía sangre en la camisa y en el pantalón.  Disminuí el paso, prendí la luz interior del auto y me vi en el espejo retrovisor. Me veía demacrado. Tenía un largo y profundo rasguño en el pómulo derecho. Sentí pena por mí mismo. Casi nunca me miraba al espejo, salvo cuando me fuera a rasurar y eso era muy de vez en cuando.  Me asustaba verme, además, el hombre que se ve al espejo sin necesidad, peca de mucha soberbia y, ya de pecados estaba harto. Asesinar a otra persona debía ser uno de mis peores pecados. No era el peor, habrá que decir. Un asesinato es adelantarte un poco a los que Dios se va a encargar de hacer más tarde. El problema era que había asesinado a la persona que amaba.


Encendí otro cigarrillo, el séptimo de la noche. Conducía a baja velocidad. Ahora iba en descenso por aquel mar de curvas. ¿En qué momento se había jodido todo entre nosotros? -pensé. Las relaciones se joden desde el primer momento en que dos personas deciden coger sin estar borrachos. Yo era un hombre jodido desde el principio, desde aquella vez del baño. Era un hombre enculado de una mujer como nunca. Todo había sido muy rápido. Además, seducido por la idea de que cada quien tendría su propio espacio, su propio cuarto, cada quien tendría el derecho de salir con quien fuera, de acostarse con quien se nos pegara la gana. Palabrería nomás. Yo no estaba dispuesto a dejar mosquear el ganado. Tarea casi imposible.


Elena poseía una belleza rara y extrovertida. Era una mujer segura, atractiva y condenadamente coqueta. La soberbia de toda mujer joven y guapa. Tenía toda la energía de una chica de 23 años. Casi todos los días salíamos, bebíamos y consumíamos alguna droga. Pero yo era un hombre de 33 pesados años, me costaba trabajo recuperarme pronto, o coger tres veces una noche -un hombre de 33 años necesita que lo abracen en la noche o, al menos que lo dejen en paz, durmiendo-. El problema de relacionarse con veinteañeras es que nunca están conformes con nada, ni con nadie, pareciera que siempre están a punto de marcharse a algún lugar, como si las esperaran en otro sitio donde en realidad está la mejor fiesta. Elena no era la excepción, de vez en cuando salía con otros chicos a los que llamaba amigos. He insistido hasta el cansancio que un hombre y una mujer no pueden ser amigos, en el aire vuela una tensión sexual. Ni siquiera confiaba en sus amigos afeminados, no son distintos a uno; tienen también un pito que se les para, de diez dedos y una lengua. Yo desconfiaba siempre de ella, no se trataba de inseguridad, era prudencia, era miedo. El miedo, la sana reacción de cualquier ser vivo ante el peligro. El miedo nos protege y nos salva. Lo que no tiene miedo se extingue estúpidamente. Yo tenía miedo de perderla. No tenía pruebas pero era consciente que de vez en cuando me engañaba. Y, quien crea que su mujer no lo engaña, es un ingenuo. Las mujeres lo hacen bien, constantemente y cuando menos lo imaginas. Además, la mujer tiene la obligación de traicionar a un hombre, a muchos, a todos. Yo sabía cuando me engañaba, y poco o nada podía hacer. Elena regresaba a casa desilusionada y triste. E incluso, me daba la impresión que las veces que me traicionaba me quería más.


Milan Kundera decía que la traición significa abandonar las propias filas e ir hacia lo desconocido. Elena parecía arrastrarse a terrenos desconocidos, propios de una veinteañera. Kundera, insistía, además, que la primera traición es irreparable, producen una reacción en cadena de nuevas traiciones. Yo también formaba parte del escalafón de nuestras propias traiciones. Traicionaba a Elena, no con el afán de venganza, quizá, incluso, lo hacía antes que ella, pero había una diferencia, no lo hacía buscando caminos desconocidos, era más por una forma de ir aferrándome del mundo a mí manera. No solo era placer, era más una obsesión, no por las mujeres, sino por lo que hay en ellas, las diferencias que distinguen a una de otra. Pero tantos los hombres como las mujeres nos indigna saber que no seremos los primeros, al entender que no somos los últimos y al descubrir que no somos los únicos. Pero hay de traiciones hay traiciones. No es lo mismo traicionar a tu patria que traicionar a tu mujer. Como no es lo mismo traicionar a tu mujer con otras mujeres lejos de su mundo. No será lo mismo traicionarla con una puta que con su hermana. Como tampoco lo es que tu mujer te traicione con un amigo, por ejemplo. Elena me traicionó con Teo, mi amigo, uno de los que dicen se cuentan con los dedos de las manos. No es una simple traición, ésta valía doble.


Había ya consumido la mitad del tanque de gasolina. Atravesé la avenida principal de un pueblo de paso. Tenía entumidas las piernas por el frío y por tanto tiempo de permanecer sentado. Busqué un lugar apropiado para estacionarme, bajar a estirar, orinar. Afuera del auto hacía un frío que me quemaba los huesos. Encendí un cigarrillo, el décimo de la noche.


No se cuida a una mujer de los desconocidos, se cuida de nuestros propios amigos, los enemigos son invisibles. Un amigo siempre desea tirarse a tu mujer. El amigo está al acecho de tu mujer, busca un descuido, un tropiezo para quedarse con tu mujer y echarte a patadas de tu propia casa. Podemos seguir tranquilos, porque serán debidamente correspondidos. Yo también llegué a desear a sus mujeres, y las peores de mis crudas morales fueron cuando no pude detenerme en ese hermoso camino de la traición, en esa delgada línea que se divide entre el deseo y la culminación del acto carnal. Teo y Elena cogían descaradamente cuando yo me ponía muy borracho, cuando tenía que salir de la ciudad por trabajo, o cuando Teo sabía que me iba con otras mujeres.


Después de haber orinado, haber estirado y haberme cambiado la camisa ensangrentada. Caminé hacia la plaza. Me había hartado de manejar. Me senté en una banca. No sabía qué hora era. Todavía no amanecía. Encendí otro cigarrillo, el doceavo de la noche.

A partir del descubrimiento de lo de Teo y Elena, nada cambió entre nosotros. No guardé rencor alguno. Yo la quería y ella a mí. No éramos ni muy felices, ni tampoco infelices, éramos una pareja moderadamente satisfecha. El amor se hacía en la mañana en todos los sentidos. Disfrutaba de su compañía, no había tiempo para el aburrimiento y el hastió que exige cualquier larga convivencia. Incluso me gustaban nuestras discusiones inútiles, el gusto por la repetición,  que nos recuerda quiénes somos. No se conversa para llegar a una conclusión, sino para escuchar al otro rebatir cualquier argumento nuestro, por tonto que sea. Pero algo había cambiado en ella. Una profunda tristeza la despertaba a mitad de la noche. Despertaba llorando. Constantemente estaba distraída, perdía las llaves del auto, la cartera, el celular. Durante las comidas, retraída, se comía los padrastros de los dedos.


Me subí al coche. Hubiera deseado tener un auto con un motor ruidoso, despertar a los parroquianos, a los fantasmas, también ellos se despiertan con demasiada fuerza. Pensé en Teo. Dónde poder enterrarlo. Para cavar un hoyo profundo necesitaba comer algo, me sentía fatigado y débil. Pobre Teo, en realidad lo estimaba mucho. A Teo lo maté un día antes que a Elena. Decidí matarlo porque consideré un exceso su traición. Quizá si hubieran sido prudentes y discretos, no lo hubiera hecho. Y porque a pesar de que digan que la amistad es efímera y pasajera, yo era un romántico, seguía –y sigo- creyendo que la amistad es para siempre. O, quizá si me lo hubieran dicho, en una de esas aceptaba, por qué no. Quedamos de vernos en Las Cachorras, un botanero al poniente de la ciudad, vimos el futbol. Hablamos muy poco de nuestros trabajos, le recomendé que leyera a  Norman Mailer, hablamos de la selección, deseaba con toda su alma que no fueran al mundial y creía firmemente, a pesar de tanta pendejada, que el Chicharito debía seguir siendo titular. Salimos a las once de Las Cachorras. El plan era seguir bebiendo en mi casa. Me preguntó por Elena, le dije que ya nos esperaba. Lejos de enojarme, sentí pena por Teo, me embargó una tristeza y unas ganas de matarlo de una vez. Todavía no le disparaba y ya lo extrañaba. Pobre Teo, en realidad lo quería, era de esos amigos que dicen, se cuentan con los dedos de las manos. Nos detuvimos a orinar. Le disparé tres balazos por la espalda y, lo eché a la cajuela. Al llegar a casa, tomé una ducha e hice el amor con Elena. A la mañana siguiente, me tomé el día y no salí de casa. Fuimos a surtir la despensa con Elena,  compramos vino tinto para la comida, una botella de mezcal y muchas cervezas. Al salir del súper, estuve a punto de abrir la cajuela, por un momento había olvidado que ahí se encontraba el cuerpo de Teo. No pude evitar reírme un poco. Subimos todo al asiento de atrás y nos marchamos.


Los parpados comenzaban a ponérseme arenosos. Estaba muy cansado de manejar. Comenzaba a amanecer. De pronto, escuché el sonido que emitía el sonido de mi celular. Estaba tirado debajo del asiento del copiloto. Me tocó trabajo alcanzarlo. Cuando por fin lo tuve en mi mano colgaron. No me dio tiempo de saber quién llamaba. Lo puse entre mis piernas. Un minuto después volvió a sonar. Era el teléfono de Elena. Me quedé helado. Escuché el propio sonido que emiten las tripas en el momento de la emoción o del miedo.


—Bueno, buenoooo, Salvadoooor, contestaaaa, chingao.

Colgué. No sabía que contestar. Era la voz suave y dulce de Elena.

Volvió a sonar el celular.

—¡Buenoooo! ¡Cariñoooo! ¿Por qué no contestas?, ¡Salvador, carajo, responde!

—Bueno –dije-. No reconocía mi voz, sonaba hueca, a destiempo.

—Cariño, ¿dónde has estado?

Silencio.

—¡Salvador, por favor, contesta, carajo!

—Elena, perdón –dije.

—¿Dónde has estado? Feliz, cumpleaños, mi amor –había olvidado mi propio aniversario.

—Cariño, ¿dónde te metiste el día entero? -Elena arrastraba las palabras-. —¿Dónde estás? –volvió a insistir.

—Ven, rápido, Salvador. Te extraño. Hace mucho frío. ¿Te saliste con chamarra al menos?, te vas a volver a enfermar.

Tenía un nudo en la garganta. Sentía el cerebro hecho estropajo.

—Voy en camino, Elena.

—Apúrate, ya se van todos.

—¿Quiénes?

—Los invitados, Teo, Amy, Trini… los demás ya se fueron, te estuvieron esperando.

—Enseguida llego.

Metí fondo al acelerador. El velocímetro marcaba 150, 160, 170 kilómetros por hora. Velocidades que solo a Dios le gustan.

Volvió a sonar el celular.

—Buenooo –contesté agitado.

—¿En dónde vienes? –preguntó Elena-.

—No sé, cariño.

—Pues apúrate, ya se fueron todos, solo quedamos Teo y yo.


Encendí el último cigarrillo. Amanecía. Había un filo rosado que bordea el cielo allí, enfrente de mí. A través del teléfono alcanzaba a escuchar una triste canción, era Heaven knows I’m miserable now, de los Smiths. Eran sonidos a nostalgia, a la piel de Elena, a mi hogar.

Twitter: @chavamunguias




28 de octubre de 2013

El peregrinaje de Lou Reed







Santiago de Compostela, España. 
Julio 13, año 2009 


Texto: Salvador Munguía
Foto: Gilberto Pizarro


Las 10 con 15 minutos marca el reloj. Arriba, en el escenario, un señor toma su guitarra, acomoda sus gafas, da unos guitarrazos como para aflojar los dedos, sacudirse la humedad, el frío que comienza a azotar en la magnífica catedral de Santiago. Es la leyenda, el mito, el atascado, el narrador de las historias más sórdidas de New York. Ahora es un hombre viejo, "retirado" de los peores vicios. Su nombre es Lou Reed y es considerado como el padre del rock del submundo. Me gusta más el de poeta maldito.

Lou Reed está aquí, en Santiago de Compostela, para presentar la segunda fecha en tierras europeas y dar a conocer su gira titulada “The yellow pony and other stories” junto a Laurie Anderson, su pareja artística y sentimental. Enfrente hay un escenario sencillo, dos plasmas a los costados y luces tenues. Es el escenario perfecto porque estamos, digo estamos, porque vengo en compañía de dos dignos y estimados amigos, ese par de peregrinos salvajes y borrachos; Francisco Valenzuela y Gilberto Pizarro. Nos encontramos en una de las plazas más hermosas del mundo; la plaza principal de Obradoiro.

Las miradas dicen más que mil palabras, es lo que dicen. Laurie voltea a ver a Reed. Es una mirada compasiva, tierna. Pero ya sabemos que las mujeres no miran así a los hombres. En realidad, es una mirada de, "es mi noche, espero no la cagues, mi amor".  

La suavidad y delicada voz de Anderson estremece a todos, estremece hasta el rincón más húmedo de esta ciudad, incluso, estremece el corazón de los ingenuos peregrino que buscan los restos de Santiago, el apóstol. El concierto consiste en una interacción de recitales por parte de Anderson, mientras que Reed se encarga de poner un poco el desorden, sólo un poco, los acordes de Reed suenan cohibidos, bajos, pero, a veces, se le olvida que viene con su mujer y salen desquiciantes distorsiones de su guitarra, pero recordemos lo de las miradas, a Reed no le queda de otra, servir de fondo para que Anderson sea la mandamás de la noche. 

Pero los viejos lobos de mar no se pueden quedar con los brazos cruzados mientras una mujer recita cursilerías sin sentido. Es el turno de Lou Reed. Ha llegado el momento en que le valen madre las miradas de su mujer. Mientras ella rasga el violín y hace algunos coros, lo mismo que toca el teclado o los samplers, su esposo, Lou, se desquita recitando poemas malditos: “el maniaco depresivo se pone loco, la situación está fuera de control”, poemas de amor (en su mayoría): “a veces me siento feliz, a veces me siento triste, pero siempre me sacas de mis casillas…lo que hicimos ayer estuvo bien, y yo lo haría otra vez, siempre que sigan conmigo tus ojos azules color claro”. Reed pregunta en otra canción: “¿Para qué me dieron los recuerdos?, ¿Acaso Dios enamorado de alguien, traicionó?, ¿Y el amor sin Dios nos expulsó?- Son letras que versan en torno a la muerte, los sueños, la oscuridad y los cabrones de las calles de NY, de su NY, de putas, chulos, inmigrantes, perdedores, yunkies. Canciones que no dejan atrás una crítica mordaz e incisiva a la decadente vida norteamericana, american way of life. No podían faltar algunos clásicos (solo un par) como Who am I? –del álbum The Raven- y otra vez le canta al amor en Romeo and Juliette –del álbum New York-.


Hubo parte del público que se quedó con las ganas de escuchar los temas clásicos de una leyenda viviente como Lou Reed, pero dudo, al menos en esta gira, que eso pueda ocurrir, menos en un artista vanguardista que no tiene la necesidad de vivir del pasado, al contrario, vive en constante evolución.
Hubo algunos que no se contuvieron, “¡que toque Reed, que descanse Laurita!”, alguno más gritó: “¡rockanrooll, Reed!”. 

Podríamos resumir la noche de poco más de hora y media en: música experimental, poesía maldita y breves pero intensos guiños de rock. Una noche emotiva, intimista, nostálgica, y muy fría. 

….....

Dicen que antes de salir de gira, Laurie Anderson le advirtió a Lou Reed:

--Ni se te vaya a ocurrir tocar alguna de tus cancioncitas que tocabas con Nico y la otra bola de drogadictos. 

Dicen que Reed se llevó las manos a la cabeza, se rascó un poco, y trató de acordarse de las nalgas de Nico, no pudo, sólo pudo acordarse de su brillante cabellera. Eran tiempos muy intensos para Lou.  

30 de mayo de 2013

Te Amo


Por: Francisco Valenzuela 


El collarín de Luna le había quitado lo sexy. Después del accidente que la condenaba a una silla de ruedas por varios meses, sus pechos se fueron cayendo y su panza seguía en ascenso. Deprimida, dejó de maquillarse y vestirse bien. Javier la visitaba muy poco y prefería encontrarla en la red. Inventaba pretextos para evitar el encuentro personal pero una tarde no hubo remedio y llegó hasta su casa para ver películas o cualquier cosa que la entretuviera.
A Javier le causaba gracia que Luna fuera tan inútil, que todo le costara un enorme trabajo y dependiera de los demás.
—¿Quieres ver algo de Fellini? —preguntó Javier.
—No empieces con tus películas aburridas.
—Ya sé, busquemos algo porno, muy puerco.
—Eres un naco.
—Luna, no te ofendas, pero si ya no tenemos sexo al menos déjame ver culos y después déjame entrar a tu baño para masturbarme.
—¿Desde cuándo eres tan patético?
—Soy un hombre joven y necesito desahogar energías, es todo.
—Pues ve a tu casa y hazte las chaquetas que quieras, a mí no me fastidies.
—Te prometo bajarle bien al excusado, cuando tu padre entre ni lo va a notar, te lo apuesto.
—Eres un asco.
—Tú eres muy egoísta, deberías agradecerme que estoy aquí y no con alguna mujer en mi cama.
—Para ti todas las mujeres son solo una vagina, maldito enfermo.
—No, corazón, también les puedes dar por las nalgas o por la boca.
—¿Tú crees que me puedas coger así, como ando?
—Luna, yo te amo y puedo hacer cualquier cosa por ti.
—Pero todo me duele: la espalda, las piernas, el cuello.
—La boca no te duele, te la pasas en el bla bla bla.  
—¿Prometes no tocar mi nuca con tus manotas? Deja que yo haga todo, tú sólo preocúpate porque aquello se mantenga firme.
—Luna, creo que ya me entendiste. Veamos porno, yo me excito, tú me bajas el cierre y abres esa bocota.
No fue difícil dar con el material correcto. En la peli, un par de rubias se encuentran casualmente en un supermercado, cruzan sus miradas y se refugian en el baño para penetrarse con sus lenguas. Javier observaba atento, mientras que Luna solo alzaba la ceja izquierda. La historia toma un mejor rumbo cuando el empleado del súper encuentra a las rubias y éstas lo invitan a Gomorra.
Javier, experto en porno, comenzó a excitarse y sus manos tocaron las piernas de su novia, luego quiso llevar los dedos a la entrepierna pero Luna se mantenía impávida.
—No siento nada.
—Amor, la tengo muy parada, será mejor que te quites el collarín y le des un poco de placer a este animal.
—Ok, pero ya te dije, nada de juego rudo, tiene que ser despacio y con cuidado.
—Bueno, ya, venga.
—Ponte un condón.
—Luna, no mames.
—¿Qué?
—¿Para qué un condón? Nadie tiene hijos por una mamada.
—Javier, no creas que me trago el cuento de que eres fiel. Quién sabe a qué viejas te estarás cogiendo, no quiero que me contagies alguna enfermedad.
—Luna, no me estoy cogiendo a nadie, y si lo hiciera, ya sabes que me gusta protegerme cuando no eres tú.
—Eres un cínico, cabrón.
—Luna, si tan solo le dieras un buen uso a tu boca ya me la estarías chupando.
Decidida, la chica arrojó el dispositivo ortopédico, bajó los pantalones de su amado e hizo lo que tan bien le salía. Con suavidad y destreza, Javier le fue quitando la blusa y luego desprendió el brasier. Caliente como un boiler, sacó el miembro de la boca, apuntó hacia el abdomen de su mujer y con enorme maestría arrojó el esperma para escribir su frase predilecta:
TE AMO, CORAZÓN.
Aunque a Luna le gustó el detalle, se enfadó ante lo difícil que sería retirarlo. El accidente le impedía bañarse bajo la regadera y su padre no tardaría en llegar.
—No te lo quites, deja que se seque, llévalo como un tatuaje hasta la eternidad.
Luna derramó una lágrima, aquello le parecía una gran idea. Su macho, después de todo, era una buena bestia, un poeta, un romántico a la antigua.

Twitter: @FValenzuelaM 


15 de mayo de 2013

La reunión




Por: Chava Munguía 


Habían pasado más de diez años desde la última vez que los vio. Ray Landa llega temprano a la pizzería. Hace un calor infernal. Vino a la playa con muchas dudas. En primera, detesta el calor, tanta luz lo pone de humores insoportables. Cada mañana se para maldiciendo el sol, maldiciendo el resplandor de la realidad. En segunda, es un temeroso del mar, no sabe nadar y sus peores pesadillas han sido bajo el océano. Y, en tercera, de qué podrán hablar cuatro hombres que tienen años sin verse.

Los otros tres llegan juntos. Le cuesta trabajo reconocerlos. Ha pasado tanto tiempo. Dos tienen sobrepeso y el otro es un cadáver viviente. La naturaleza para muchos ha sido injusta y cruel. Ray Landa se para de la mesa y les hace una seña. Ellos lo reconocen de inmediato. De no ser por su abultada barriga y por un par de anunciadas entradas en la frente, Ray Landa se conserva igual que hace diez años. Se abrazan entre sí. Ordenan primero dos jarras de cerveza, enseguida una pizza familiar, mitad pepperoni y champiñones y mitad camarones con mozzarella. Intentan ponerse al día. Las preguntas y los temas sobre la mesa son los mismos de siempre: trabajo, hijos, matrimonio. Hasta cuando el hombre entenderá que son temas que a nadie ya importan, temas caducos y obsoletos. Mientras comen, intentan recordar anécdotas, historias que vivieron cuando fueron estudiantes. Ray Landa intenta refrescar la memoria, pero es imposible. La nostalgia por el pasado lo irrita. Detesta hablar y tener que recordar cosas. No entiende cómo la gente se obstina en vivir del pasado. Sí el futuro es incierto, el pasado –al menos para él- es inexistente. Han transcurrido dos horas, dos horas de parloteo y chisme. Para Ray Landa ha sido una vida, se ha limitado a escuchar, a beber. Está sumamente arrepentido de haber ido hasta allá a una reunión de excompañeros. Apenas es el primer día.  

Terminan de cenar. Se dirigen a un bar a orillas del mar. Ray Landa agradece la invitación, argumenta que la comida no le cayó bien. Pero Ray Landa es débil, un pusilánime. No hay poder más grande en la tierra que la fuerza de voluntad, y a Ray Landa lo gobierna una extraña fuerza de anti-voluntad.
En el bar pasa una de sus peores noches. La música y el volumen le son intolerables. El bar está casi vacío. Las pocas mujeres guapas van acompañadas. Ni siquiera el bacardi blanco lo pone de mejor humor. A Ray Landa lo  consume la soledad, una soledad que no tiene fin, una soledad insondable; la soledad, el destino de todos los hombres de la tierra. Es un hombre sin casa, sin amigos, sin hijos, sin mujer. Sus “amigos”, en cambio, se divierten, han sacado a bailar a tres mujeres que vienen solas. No son guapas pero se defienden en la noche. Mueven ridículamente sus cuerpos por la pista de baile. Son inútiles los esfuerzos de sus amigos por animarlo. Ray Landa ha dejado de formar parte de la diversión. Está por marcharse cuando una morena lo aborda:

—¿Y qué, tú no bailas?
No sé bailar –contesta Ray Landa, sonriente.
Yo te enseño, ven –sugiere la morena.
Gracias, pero prefiero invitarte un trago.
No me gusta el Bacardí –rezonga la morena.
A mí tampoco, por eso te digo que vamos por un trago, qué tal un whisky –insiste Ray Landa.
Mucho mejor –contesta la morena.

La morena no es miss universo, pero posee un cuerpo firme, un culo de yegua envidiable. Para Ray Landa la vida, incluso la muerte, cobran sentido cuando una mujer está cerca. Su ánimo sin duda ha cambiado. Ella no para de hablar. Él se limita a escuchar y a fingir sonrisas. Hay algo en el movimiento de la quijada  de la morena que no es normal, tuerce la boca de manera inusual.  Ray Landa reconoce esos movimientos, también reconoce el buen humor de la cocaína, reconoce  los ojos vidriosos, inyectados de ánimo, como los que tiene la morena en esos momentos. 

Tienes una raya que me consigas –suelta a bocajarro Ray Landa.
Claro que sí… ven conmigo –dice sin titubeos la morena.
 
Esnifan en una parte privada del bar. Ray Landa y la morena inhalan con brío una, dos, tres rayas consecutivas. Sienten la euforia. Sienten la lucidez. Sienten la nariz limpia. El aire, fresco. Una sensación parecida a la que se aprecia en la boca después de una pastilla de menta. Mientras que a Ray Landa la coca lo pone ansioso, a la morena la pone caliente. Ray Landa y la morena se besan con un apetito voraz. La agitación de ambos es intensa, sus palmas de las manos están empapadas de sudor. 

Te la quiero chupar –dice la morena en el oído de Ray Landa
No estoy de humor –contesta Ray Landa.
—De lo que te pierdes –agrega la morena desilusionada.
Me tengo que ir… -contesta el cobarde de Ray Landa.
—Me puedo ir contigo –insiste la morena.
—No me siento bien –concluye el patán de Ray Landa.

Afuera la noche es hermosa. Las estrellas brillan claras, serenas, remotas. Ray Landa camina por la playa, sus pasos son ligeros, tranquilos, regulares. Llega al hotel. Sube por su maleta al cuarto. No sería capaz de soportar un día más. Se asegura de cargar las llaves del auto y una botella de ron venezolano. Vuelve a la playa. Bebe a grandes tragos de la botella. Bebe como un condenado, sin mesura, sin cadencia. El alcohol circula veloz y con furia por su sangre. Se siente en paz. Borracho, se recuesta sobre la arena. Piensa en la morena, en su culo, se arrepiente de no haberla llevado consigo. Piensa en Lara, en la hondura que se hace en su espalda baja. Piensa fragmentariamente en todas las mujeres con las que ha estado. Aún queda un poco de noche. El murmullo de las olas lo arrullan profundamente. Duerme sobre la negra noche. Duerme con la esperanza de no volver a despertar. Apenas es el primer día.
......

»Fragmento de un relato (en puerta) titulado Todo Incluido«

Twitter: @chavamunguias



16 de abril de 2013

El Bebedor Civilizado



La vida es de por sí dura. Uno bebe por infinidad de motivos: por una mujer, por educación, por necesidad, por protección, por ocio, por angustia, por tristeza, por placer, por no saber bailar. Hay mil razones para hacerlo, el punto está en saber comportarse y tener un sentido de la responsabilidad, de ser así, su vida podrá ser normal y productiva. Cada quien puede hacer con su hígado un papalote. Incluso

podría afirmar que un beodo tiene más posibilidades de triunfar que una persona sobria. ¿Cómo poder confiar en una persona sin vicios? Imposible tarea. El choque de vasos y copas no es un acto en vano, gracias a ese hermoso gesto han surgido camaraderías, cofradías y hermandades. Se han firmado tratados, se han otorgado empleos, se ha conciliado conflictos, se han perdonado deudas y traiciones, incluso, se han engendrado críos. Quizá de otro modo la humanidad no hubiera prosperado. “El vino es la cosa más civilizada del mundo” –decía el escritor Ernest Hemingway.
Y para ser un bebedor civilizado se debe aspirar a dos cosas fundamentales: seriedad y responsabilidad. Es preciso saber siempre qué –y con quién-  beber. Un bebedor civilizado sabe con precisión cuál bebida lo acompañará por los trances más complejos de su vida. Ese trago que reanima los buenos sentimientos y que sirva también como aliciente y consuelo frente a la tristeza. Me refiero a una bebida con carácter, fuerza y elegancia, como el whisky, el ron, el tequila, el mezcal, la ginebra, el vodka. El paladar de un hombre serio y responsable está plenamente acostumbrado y preparado; vino tinto durante las comidas, cerveza a medio día y antes de acostar. Un hombre con convicciones odia los cocteles, odia los digestivos empalagosos, esos que se han inventado para satisfacer otros paladares, el de las señoritas por ejemplo. El bebedor civilizado sabe que debe mantenerse alejado de cualquier bebida que tenga más de dos colores, rechazar con firmeza tragos con nombres exóticos. El bebedor civilizado tiene la obligación llevarse bien con el cantinero. Uno de los peores errores de un borracho es confrontar a un cantinero: puede arrojar escupitajos, vaciar orines o veneno para ratas en la bebida. No se debe confiar nunca en un cantinero. Un bebedor es serio y responsable porque jamás toma con popote, mucho menos en un vaso de plástico, su boca y su mano debe estar acostumbrada al contacto con el vidrio. El bebedor civilizado no baila, bebe. Ordena la bebida de su compañera, a veces paga su cuenta, otras deja que ella tomé la iniciativa. Nunca bebe menos que la dama que lo acompañe. Se asegura de haber bebido más de cinco bebidas fuertes antes de decirle que la quiere. Y si la mujer se excedió en copas, habrá que llevarla con su mejor amiga, dejarla en la cruz roja, o bien, llevarla a su casa, las mujeres borrachas son un estorbo y un albur para el hombre liviano. Una mujer muy borracha se convierte en un cheque al portador, y cargar con la chequera siempre es peligroso. El bebedor civilizado es agradecido siempre que una mujer lo arrastre a la bebida. Un bebedor civilizado y recio prefiere la cantina sobre el bar de moda, la cantina es el hogar que nunca tuvo. Un bebedor civilizado sabe que beber puede ser parecido a boxear; puede balancearse un poco, sujetarse y hasta recargarse en las cuerdas, pero nunca tocar la lona.
El problema de algunos bebedores radica cuando se transita hacia el lado oscuro de la fuerza, ahí donde la voluntad y la palabra se sustituye por la discusión sin argumento, por el insulto, por el pleito, por la estupidez, por la falta de responsabilidad. Es por eso que existen los malos bebedores, los mala copa, esos seres que después de cagarla se arrepienten, es gracias a ellos que la cruda moral existe. La cruda moral, esa lucha contra la resignación, ese dolor inflingido por nosotros contra nosotros mismos. La cruda moral dependerá de qué tan irresponsable hayas sido, puede durar un día, un mes, toda la vida, puede ser el antídoto contra la borrachera. Y la cruda sin borrachera previa es igual a un interruptus sin coito. Habrá que ser fuertes para, la mañana, la tarde o semana siguiente, evitar el mensaje de arrepentimiento, el perdóname, no lo vuelvo hacer y demás lloriqueos. Un bebedor civilizado debe enfrentar con dignidad la resaca: sin  lamentos ni gemidos de dolor. Sabe que la resaca es el contacto más cercano con la muerte, pero sabe también que son formas de ir resucitando a lo largo de la vida. La resaca no es para cobardes ni pusilánimes. Frank Sinatra afirmó: “Pena dan los abstemios, que al despertar ya no pueden aspirar a sentirse mejor en lo que resta del día”.
No perdamos el tiempo, vayamos a beber, yo espero que algún día puedan convertirse en bebedores civilizados, no es tarea fácil. Mientras tanto, bebamos para enfrentarnos a la insipiente realidad. Qué razón tenía el brillante novelista y destacado bebedor Ernest Hemingway: “La realidad es una horrenda alucinación ocasionada por la falta de alcohol”.
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Como abogado he seguido mis instintos, he procurado salir siempre con la constitución bajo el brazo, una pachita de ron en el saco y la bendición de Dios. Aún no soy un bebedor serio ni tampoco responsable, pero todos los días me esfuerzo.
@chavamunguias