25 de abril de 2008

Lugares Malditos


“La vida es una porquería; el mundo es un lupanar, los hombres son unos granujas”.
Isak Babel


Me cagan los lugares de moda. A donde la gente va a ser vista. A esos bares donde todos se parecen. El mismo pantalón, la misma blusa de las viejas, el aroma de moda, la bebida azul o morada que toda la bola de puñales pide. Las pinches canciones de toda la vida, los pseudosmúsicos complaciendo al gentío que pide las mamadas de siempre. Si no es la insoportable chispa adecuada, es la ñoñada de la célula que explota, o sino la infame vasos vacíos, algunos más rucos, se les escuchará gritar yesterday, o la cagante hotel california. Lugares donde la muchedumbre en lugar de ir a beber en paz, y aprovechar para descansar todo el peso que carga el alma, va a gritar, a escandalizar, a farolear, a ligar (que hueva), a bailar como idiota, a saludar al gerente para demostrar su popularidad. En fin, cada quien.


Yo prefiero los lugares donde nadie me conoce. Lugares donde el rostro de la mujer es amargo, es rencoroso, es comprensivo, es esperanzador, es de amenaza. Ellas no necesitan ropa de moda. Es más, no necesitan de ningún tipo, les estorba, les molesta, las acalora. Si acaso algún vestido elegante. Les basta con sus tacones brillantes, altos, mágicos, peligrosos. Prefieren mostrar sus cuerpos tal cual, sus vaginas mil veces penetradas, sus nalgas manoseadas y acariciadas hasta el hartazgo. Su desnudes sin importar su flacidez, su redondez. No hay cabida para los prejuicios.


Aquí la música no es para berrear babosadas, es tan importante, que he conocido mujeres que casi se han matado por x canción, que han mandado embrujar a sus propias compañeras, por no respetar melodías exclusivas. La música y el ritmo se convierten, antes del cuerpo y del sexo, en el principal atractivo.


Aquí los olores cuentan, ellas tienen un olfato agudo, mejor que los perros. El dinero desprende un aroma perverso, sublime, sutil. Saben si eres un pobre diablo, con dosquetres olfateadas. No hay olores hipócritas, ni dulces, ni suaves, ni pulcros Al contrario, huele a sudor, a grasa, a perfume barato, a saliva, a axilas, a ingles, a recelo.


Cuidado con las miradas, las hay de todo tipo; de angustia, de pena, de venganza, de desconfianza, de interés, pero las peores son aquellas miradas inexpresivas, opacas. En ésta pocilga, sobran los bebedores de espaldas encorvadas y cabezas gachas. Creo que en este lugar sí hay mujeres y hombres que palpan a diario la sensatez, se han dado cuenta que la vida es un porquería. ¿Por qué abran de sentirse orgullosos? Rara vez me he topado con hombres escandalosos por éste rumbo, seguro que los hay, pero esos duran poco, “Aquí no somos tolerables. Sino trae dinero, no toque chichi. Y si solo viene a echar desmadre, mejor jálese al putero de enfrente”, reza el letrero de la entrada. Aquí conocí a Estrella. Aquí conocí lo que es el amor. Aquí supe que sí existe. Aquí me hice generoso. Aquí trabaja “el Morris”, que en sus descansos libres, quema ratas vivas. Aquí le pagué 10 diez mil pesos ésta noche para que matará a la puta que tanto desmadre ha causado a éste pobre infeliz. Aquí, en el bar familiar “Las Caricias”.